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DESPERTARÉ A LA AURORA | |
*¡Despierta, gloria mía! Alicia Alamo Bartolomé La ancianidad es un hecho ineludible a menos que Dios disponga arrancarnos de este mundo antes de llegar a ella. Lloramos estas muertes prematuras pero quién sabe si tendríamos que llorar más bien por ancianidades mal vividas, porque lamentablemente no nos enseñan a envejecer, sino todo lo contrario: nos instruyen para conservar y prolongar la juventud a toda costa. ¡Cuántos cosméticos rejuvenecedores se anuncian! ¡Qué colosal la industria de cremas para estirar la piel, darle lozanía y disimular el almanaque; de tintes espectaculares de todos colores para ocultar las canas, de champús para el brillo del cabello; ¿Quién nos logra disminuir los años cumplidos? Nos pueden hacer todos los estiramientos que quieran para eliminarnos 10 años de apariencia vivida –es todo lo que se puede hacer, me confesó un cirujano plástico-, pero la experiencia se acumula en los ojos y se asoma irremediablemente en la mirada. Hagan la prueba. Miren las pupilas de una de esas caras estiradas con aspecto de muñecas: el tiempo está allí. Hasta en los artistas de cine –y digo los porque va también con los hombres- que por su figura de aspecto juvenil les dan a interpretar personajes de edad menor que la de ellos, si uno es buen observador, descubre en sus ojos que allí hay una existencia más larga. Lo triste es el papelón de querer vivir según una edad que hace tiempo dejamos atrás: hacemos el ridículo. No nos van ciertos tipo de modas, ni afeites, ni adornos, ni movimientos, ni posturas, ni pasitos, ni brinquitos. Todo tiene su tiempo y todo tiempo su estilo. No es cuestión de meterse a viejo y tomar aspecto de viuda pobre. No. Es saber vivir con elegancia externa e interna la tercera edad. Hay academias para todo, pero quizás faltan las de enseñar a envejecer. Lo primero que debemos aprender es que la vejez, la nuestra, necesita ayuda. Jamás rechazar la mano o el brazo que se nos ofrece para subir o bajar unas escaleras sin pasamanos, ni el uso del bastón o la andadera. Darse cuenta de que ya nos pasó la destreza para montarnos en un taburete y cambiar un bombillo o bajar una maleta del closet. No dejar de llamar por las noches a quien nos cuida para levantarnos de la cama; si estamos solos, nunca tantear en la oscuridad sin encender la luz, conviene tener una linterna a mano. En fin, no intentar hacer las cosas por nosotros mismos porque hemos sido siempre independientes y así lo hemos hecho hasta ahora… sí, pero ahora se acabó ese ahora. Hay otros ahoras: hemos perdido en gran medida facultades motoras, visión, audición, memoria, discernimiento; sobre todo esto último y, ¡tanto!, que con el cuento de no querer molestar hacemos lo contrario a lo señalado: pretendemos resolverlo todo por nosotros mismos y viene la gran caída, fractura de fémur incluida. Díganme: ¿acaso con este accidente y sus consecuencias –ambulancia, clínica, operación, hospitalización y, ¡costos!- no molestamos más? Y la vejez tiene muchísimas ventajas: cesan las obligaciones sociales, se vive lo que llamo el placer de no ir; se acaban los apuros porque contemplamos las cosas desde la larga perspectiva de nuestra vida, Sí, querríamos tener la energía y las rodillas de la juventud para ir de un lado a otro sin impedimentos, sintiéndonos libres. Pero Dios no pone cosas inútiles: las energía y las rodillas de la juventud las necesitábamos cuando debíamos formarnos, labrar una vida, un porvenir y cumplir nuestra misión. Ya sucedió, ya vivimos, tener hoy esas potencias sería un desperdicio. ¿Nos es tan difícil comprender que ha llegado la hora del crepúsculo? La más bella del día y de la vida, cuando el sol se oculta despidiéndose con colores de fuego sobre la naturaleza, cuando ribetea de dorado las hojas, las ramas, las nubes. Pero después del atardecer viene la noche, la hora de dormir, la muerte, ¿y? ¡Algún día tiene que llegar! Hoy o mañana, entonces, cantar con el salmo 57, citado al principio, el despertar de la gloria, de la alegría, con el arpa, la cítara, para alabar a Dios y decir cada quien: Despertaré a la aurora… ¡infinita! |
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