| El misterio de la
Santísima Trinidad es el misterio de un solo Dios en tres Personas.
Así lo aprendimos en el Catecismo. Es un misterio imposible de
entender y de captar cabalmente, menos aún de explicar. Y esto
es así, pues se trata de la esencia misma de Dios, imposible de
explicar con nuestro limitado intelecto humano.
Muchos Teólogos que lo han
estudiado han tratado de hacerlo accesible al hombre común. Y han
tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversos
símiles, tratando de ponerlo al alcance de todos. Uno de estos
símiles, tal vez el más convincente, es el de comparar a
las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen
formando una sola llama. Todas las comparaciones humanas, sin embargo,
quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios.
¿Por qué es esto así?
Porque la Santísima Trinidad es el más grande de los misterios
de nuestra fe. Y por eso es imposible de ser comprendido por nosotros,
pues nuestro limitado intelecto humano, es ¡tan pobre para explicar
las cosas de Dios!
El Misterio de la Santísima
Trinidad es una verdad que están muy ... muy por encima de nuestras
capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría
de Dios existe una distancia ¡infinita!
Se cuenta que mientras San Agustín
se encontraba preparándose para dar una enseñanza sobre
el misterio de la Santísima Trinidad, le pareció estar caminando
en la playa frente a un mar inmenso. Vio de repente a un niño que
se distraía recogiendo agua del mar con una concha de caracol y
tratando de vaciarla en un hoyito que había hecho en la arena.
Al preguntarle San Agustín qué estaba haciendo, el niño
le respondió que estaba tratando de vaciar el mar en el hoyito.
San Agustín, por supuesto, se dio cuenta de que era imposible que
el niño lograra esa absurda pretensión. Entonces le dijo
al niño: “Pero, ¡estás tratando de hacer una
cosa imposible!” Y el Niño le replicó: “Esto
no es más imposible de lo que es para ti meter el misterio de la
Santísima Trinidad en tu cabeza”. Y con estas palabras el
“Niño” desapareció.
Así es nuestro intelecto:
tan limitado como es el hoyito para contener el agua del mar, sobre todo
cuando trata de explicarse verdades infinitas como este misterio.
Sin embargo, lo importante de este
misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y aquí
en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario.
Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir
este misterio de una manera oscura ... incompleta.
Sin embargo, en el Cielo podremos
vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es. En efecto, nuestro
fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo.
Pero desde aquí en la tierra
podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser
habitados por las Tres Divinas Personas. Recordemos lo que Jesucristo
nos ha dicho: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y
mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en
él” (Jn.14, 23).
La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos
de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé
a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre,
como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero
un mismo Dios.
Y Dios comienza a revelarse como
Trinidad poco a poco, pero desde el principio. Desde el segundo versículo
de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una
alusión al Espíritu Santo: “el Espíritu
de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1,2).
Luego es Jesucristo mismo quien
nos lo da a conocer. El primer momento en que se revelan las Tres Personas
juntas fue en el Bautizo de Jesús en el Jordán. “Una
vez bautizado Jesús salió del río. De repente se
le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como
paloma y venía sobre El. Y se oyó una voz celestial que
decía: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco’
” (Mt. 3, 16-17).
Posteriormente Jesucristo al dar
el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar
“en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
(Mt. 28, 18).
Aunque las Tres Divinas Personas
son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le atribuye la Creación,
al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación.
Es así como el Espíritu Santo en su obra de santificación
en cada uno de nosotros, nos va haciendo cada vez más semejantes
al Hijo, y el Hijo nos va revelando al Padre y nos va llevando a El. Así
nos dice Jesús: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y
aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt.
11, 27).
Recordemos nuevamente, entonces,
que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo,
sino vivirlo. Y recordemos que aunque aquí en
la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario de
una manera oscura, incompleta, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud,
porque veremos a Dios tal cual es.
¿Cómo, entonces, podemos
vivir este misterio desde ya aquí en la tierra? En las citas de
la Sagrada Escritura que hemos recordado podemos ver la clave: el Espíritu
Santo va realizando su obra de santificación en cada uno de nosotros.
¿En qué consiste
esa obra de santificación? Es la labor del Espíritu Santo,
por la cual nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo, a
Jesucristo. Esto lo hace el Espíritu Santo si se lo permitimos;
es decir, si somos perceptivos a sus inspiraciones, si somos dóciles
y obedientes a esas inspiraciones. Y esas inspiraciones siempre nos llevan
a buscar y a cumplir la Voluntad de Dios.
¿Cómo percibir las
inspiraciones del Espíritu Santo? ¿Cómo ser dóciles
y obedientes a esas inspiraciones? La clave está en la oración
-la oración sincera. La oración nos abre al Espíritu
Santo y nos hace captar esa suave brisa que es El. Debemos orar para escuchar
al Espíritu Santo. Debemos orar para permitirle que haga en cada
uno de nosotros su obra de santificación.
Así podremos vivir desde
la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios. Y esa
unión de nosotros con Dios no se queda allí, sino que tiene,
como consecuencia segura, la unión de nosotros entre sí.
Tal vez con esta explicación
se nos haga más fácil comprender esa bellísima y
conmovedora oración de Jesús durante la Ultima Cena con
sus Apóstoles, cuando rogó al Padre de esta manera: “Que
ellos sean uno, Padre, como Tú y Yo somos uno. Así seré
Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección
de esta unidad” (Jn. 17, 21-23). ¡Unidos cada uno de
nosotros al Dios Trinitario, para así estar unidos entre nosotros
por Dios mismo!
Que al meditar la profundidad del
Misterio de la Santísima Trinidad, podamos vivir lo que nos dice
San Pablo al final de la Segunda Lectura (2 Cor. 13, 12-13),
que es esa frase trinitaria importantísima que repetimos al comienzo
de cada Misa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté
con todos nosotros”. Y que así podamos comenzar
a vivir nuestra unión con la Santísima Trinidad y la unión
de nosotros entre sí, pues es ese Dios Trinitario Quien nos une.
¡Que así sea! ¡Amén!
|