Domingo 2 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" -
20 de Enero de 2019 -

Frecuentemente Dios usa en la Sagrada Escritura el símil del amor nupcial para representar cómo es su Amor:  fuerte y tierno, celoso y misericordioso.  Bellísimos son los textos que nos trae la Primera Lectura del Profeta Isaías al respecto: “Como un joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu Hacedor” (Is. 62, 1-5).   “Pues tu Creador va a ser tu esposo” (Is. 54, 5).

Y en ese símil del amor nupcial, Dios opone su Amor de Esposo a las infidelidades y traiciones de la esposa infiel, que es el pueblo de Dios, Israel, la Iglesia, cada uno de nosotros.

Veamos cómo presenta el tema del amor entre Dios y su pueblo el Profeta Jeremías: “Aun me acuerdo de la pasión de tu juventud, de tu cariño como novia, cuando me seguías por el desierto, por la tierra sin cultivar” (Jer. 2, 2) “Hace tiempo que has quebrado el yugo, soltándote de sus lazos.  Tú dijiste: ‘Yo no quiero servir’.  Y sobre cualquier loma, bajo cualquier árbol frondoso, te tendías como una prostituta” (Jer. 2, 20).  “Con amor eterno te he amado.  Por eso prolongaré mi favor contigo” (Jer. 31, 3).

El Profeta Ezequiel vuelve a presentar el tema de las infidelidades de la esposa de Dios: “Pasé junto a ti y te vi.  Estabas en la edad de los amores; entonces con el vuelo de mi manto recubrí tu desnudez, con juramento me uní en alianza contigo y fuiste mía” (Ez. 16, 8).  “Pero tú, confiada en tu belleza, y valiéndote de tu fama, te prostituiste entregándote a cuantos pasaban” (Ez. 16, 15).  “Pero Yo tendré presente la Alianza que hice contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una Alianza eterna.  Y tú recordarás tu conducta y te avergonzarás de ella” (Ez. 16, 60-61).  “Porque Yo seré quien renovaré mi alianza contigo y sabrás que Yo soy Yahvé ... cuando Yo te haya perdonado todo lo que has hecho” (Ez. 16, 62).

Estos son textos del Antiguo Testamento: del Profeta Isaías, de Jeremías y de Ezequiel.  Pero también en el Nuevo Testamento, vemos cómo San Pablo refiere el mismo tipo de comparación entre el amor nupcial y el Amor de Cristo por su Iglesia.

Y es interesante notar que la comparación puede usarse en ambos sentidos:   por un lado, que los esposos aprendan a amarse como Cristo ama a su Iglesia.  Y por el otro, que la Iglesia, pueblo de Dios -cada uno de nosotros- pueda comportarse como la esposa enamorada, fiel y entregada al Esposo, que es Dios.

“Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5, 25).   Y refiriéndose San Pablo al amor conyugal definido en el comienzo de la Escritura (cfr. Gen. 2, 24), por el que hombre y mujer se unen y forman un solo ser, nos dice así el Apóstol: “este misterio es muy grande y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef. 5, 33).

A Jesús le gustaba también el símil del amor nupcial.  Varias veces nos habló del “banquete nupcial” (Mt. 22, 1-10) y 15, 1-13), y también del traje nupcial (Mt. 22, 11).  Así, pues, con estas bellas expresiones del amor nupcial, en las que Dios se define como “el Esposo” y en las que exige amor fiel a la esposa infiel, a la que perdona y vuelve a buscar, convenciéndola con su Amor celoso y magnánimo, que vuelva a ser fiel a El, no es casual que el primer milagro que Jesús realiza sea precisamente en una boda.

No sabemos el nombre, ni quiénes fueron los novios de Caná, aquéllos que sirvieron el mejor vino al final.  Pero sí sabemos Quién es el Esposo fiel a Quien todos debemos fidelidad y Quien nos busca y nos perdona, a pesar de nuestras infidelidades.  Se llama Dios.  Es nuestro Creador, el Esposo que nos posee con su Amor eterno.

Estaban Jesús y su Madre en esta boda.  Y es Ella quien lo convence -casi lo forza- a hacer el milagro de convertir agua en vino, para que los novios, a quienes se les había terminado el vino, no quedaran mal ante sus invitados.  Es lo que nos cuenta el Evangelio de hoy (Jn. 2, 1-11).

Cosa aparentemente frívola y hasta poco importante:  más vino para una fiesta.  Pero esto nos indica que Dios y la Madre de Dios están pendientes hasta de los más insignificantes detalles de nuestra vida.  De todo se ocupan ... aunque nosotros creamos que somos nosotros mismos quienes resolvemos todo.

A simple vista parece como que Jesús le hubiera hecho un desplante a su Madre en las Bodas de Caná.  Cuando se acaba el vino, ella como que le sugiere que haga algo.  Y la respuesta del Hijo a su Madre parece ser un desplante:  "Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora" (Jn 1, 1-11).

¿Sería un desplante de verdad?  Y si lo hubiera sido, ¿por qué María parece no hacerle caso a Jesús, sino que le da órdenes a los sirvientes para preparar el milagro que su Hijo está a punto de realizar?

Es que no fue un desplante.  ¿Cómo que no?  ¿Si ni siquiera la llamó Madre o mamá, sino “Mujer”? Es que ahí en esa palabra, aparentemente dura, es que está el detalle.

Al decirle “Mujer”, la está reconociendo como la “Mujer”del Génesis, aquélla cuya descendencia aplastará la cabeza de la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer…(Gn 3, 15).

Y “Mujer”es el mismo nombre que Jesús moribundo le da en la Cruz: “Mujer ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26).

Pero falta aún otro momento imponente en que la Virgen María es llamada “Mujer”.  Es en el Apocalipsis:la Mujer vestida de sol con la luna bajo los pies y en su cabeza una corona de 12 estrellas” (Ap 12, 1).

Tres momentos muy solemnes de la Sagrada Escritura en que la Santísima Virgen es llamada “Mujer”.

Los otros dos momentos parecen muy graves y solemnes. Pero ¿qué tiene de solemne el milagro de Caná?  Volvamos al supuesto “desplante” de Jesús a su Madre.

“Mujer, a ti y a Mí ¿qué? Aún no ha llegado mi hora.”   La respuesta de Jesúsha sido traducida de varias formas: - ¿qué nos importa a nosotros?   - ¿por qué te metes en mis asuntos?

Sin embargo, la traducción más plausible pareciera ésta:  Mujer, lo que a ti, a Mí.  Es decir:  si me revelo, ya comienza todo y tú vas a participar en esto también.  El sufrimiento va a comenzar para ti y para Mí.   Por eso es que le agrega “no ha llegado mi hora”.  Porque una vez comience su misión, llegada su hora, realizando su primer milagro, Jesús sabe cómo termina esa misión:  con su muerte.

Y ¿por qué se lo recuerda a su Madre?  Muchos teólogos piensan que María debía dar su sí nuevamente para el inicio de la revelación de Jesús como Mesías, como Hijo de Dios.  Por eso es que le advierte del riesgo de realizar ese primer milagro.   
 
          Y por eso es que ella parece no hacerle caso al tal “desplante”, sino que da de nuevo su “Sí” al instruir a los sirvientes: “Hagan lo que El les diga”.  Y con ese nuevo “Sí”, Jesús hizo aquel milagro espectacular en calidad y en cantidad.  En calidad, porque el vino era maravilloso.  Pero la cantidad era impresionante.

Las vasijas que llenaron de agua eran gigantes: “Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno.  Jesús dijo: ‘Llenen de agua esos recipientes.’ Y los llenaron hasta el borde”.

¡O sea, que la cantidad de agua que luego fue transformada en vino fueron 600 litros, como 800 botellas de vino!!!

Y ¿qué sucede al final? “Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en El”.

Los milagros a veces suceden.  Pero nuestra fe no puede depender de milagros.  ¡En eso nos ayuda la Santísima Virgen María, que, como buena Madre, se ocupa de todos los detalles…hasta la falta de vino en una boda!

La Segunda Lectura también es de San Pablo (1 Cor. 12, 4-11) y nos habla de un tema distinto al amor nupcial.  Pero tema importante y de mucha actualidad.  Se trata de los carismas o dones carismáticos que el Espíritu Santo derrama en la Iglesia, para el bien de la Iglesia y de las personas, y para reavivar la fe en las diferentes comunidades eclesiales.

Hoy en día, el Espíritu Santo derrama sus carismas sobre todo en los grupos de oración, o en los grupos donde se ora.  Y Dios que es libérrimo en todas sus acciones, “distribuye a cada uno sus dones, según su voluntad”.

Y respecto de los carismas, nos dice el Concilio Vaticano II que para realizar la evangelización “el Espíritu Santo da a los fieles (cf. 1a. Cor 12,7) dones peculiares, distribuyéndolos a cada uno según su voluntad (1a. Cor. 12,11)” (AA 1-3).

Y es así como para ayudar en el servicio al prójimo y sobre todo en la difusión del mensaje divino de salvación, pueden surgir en algunos orantes -como un auxilio especialísimo del Señor- los Carismas o Dones Carismáticos, llamados por los Místicos “gracias extraordinarias” y por el Concilio “dones peculiares”, que son dados para utilidad de la comunidad, pues su manifestación está dirigida hacia la edificación de la fe, como auxilio a la evangelización y como un servicio a los demás, tal como lo indica San Pablo y como nos lo recuerda el Concilio.

Los Carismas son, pues, dones espirituales, que Dios da como un regalo y que no dependen del mérito ni de la santidad de la persona, ni tampoco son necesarios para llegar a la santidad.  Sin embargo, al usarlos como un servicio al prójimo, de hecho, se produce progreso en la vida espiritual, pero no por el Carisma en sí, sino por el acto de servicio.

En cuanto a los Carismas, hay que tener muy presente no caer en actitudes equivocadas:

1.     Desecharlos por incredulidad o falta de sencillez espiritual, o ahogarlos por temor.  A tal efecto nos dice San Pablo: “No apaguen el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas.  Examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1a. Tes. 5,19-21).

2.     Considerarlos lo más importante en la oración o en la evangelización.  Los Carismas son sólo auxilios en la evangelización, para despertar y fortalecer la fe de aquéllos en medio de los cuales se manifiestan estos dones extraordinarios del Espíritu de Dios.

3.     Considerarlos como propios de la persona a través de la cual se manifiestan.  Los Carismas no se poseen.  Ni tampoco puede decirse que éstos poseen a la persona.  Como todo don de Dios, son de Dios.  Es Dios actuando a través de la persona que se deja poseer por el Señor, que es Quien actúa a través de esa persona.  La persona viene a ser instrumento de Dios.  Y así como no puede decirse que la música es del instrumento a través del cual esa música suena, tampoco puede decirse que el Carisma es de la persona a través de la cual se manifiesta.

Nos dice el Concilio que es a los Pastores a quienes “toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cr. 1a. Tes. 5, 12-19-21)” (AA 1-3).

 

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