mons. Santana

MONSEÑOR UBALDO SANTANA
Arzobispo de Maracaibo, Venezuela

Homilía en la solemnidad de
LA ASUNCION DE LA VIRGEN MARIA

Las Bienaventuranzas de María,
la de Cristo

Decir Asunción es hablar de la plenitud de la dicha de María. Su asunción es la parábola conclusiva que sintetiza su existencia bienaventurada y las bienaventuranzas de su existencia. Isabel fue la primera en romper el sello del libro de las bienaventuranzas de su prima cuando al recibirla en su casa exclamo: “Dichosa tú que has creído porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Desde entonces la han venido llamando dichosa todas las generaciones.

De María se han proclamado tres dogmas: su maternidad divina, su inmaculada concepción y su gloriosa asunción. Pero hay un dogma mayor aún que estos tres. Dogma no declarado pero sobre el cual se sustentan los demás: el de su fe. San Agustín y muchos padres de la Iglesia han reiteradamente afirmado que si grande es la humilde sierva por su maternidad divina más grande aún lo es por su maternidad creyente. Las bendiciones y gracias derramadas en María brotan de un solo manantial: su fe total en Dios y su obediencia incondicional a sus designios.

Permítenos, Madre amada, continuar las loas de Isabel y cantar nosotros también tus bienaventuranzas con palabras de tu hijo Jesús.

Dichosa eres, María, porque engendraste a Dios en la fe antes de engendrarlo en tu vientre por obra del Espíritu Santo (cf. Lc. 11,27-28)

Dichosa eres, María, porque llevaste a Jesús en tu vientre y lo amamantaste pero más dichosa eres porque escuchaste la Palabra de Dios y la pusiste en práctica.

Dichosa eres, María, pequeña y pobre de espíritu, porque te vaciaste de ti misma, de tus planes personales para dar cabida a Dios y dejarte plenificar por El.

Dichosa eres, María, porque Dios tu salvador puso su ojos en tu pequeñez de servidora y esclava y se deleitó en tu sonrojo.

Dichosa eres, María, porque ha hecho en ti grandes cosas El que todo lo puede.

Dichosa eres, María, porque se te concedió la gracia y el honor de ser la Madre del Hijo primogénito y al final de tus días ser coronada de gloria y esplendor.

Dichosa eres, María, porque gracias a tu solícita presencia, quedan saciados los hambrientos y sedientos de justicia.

Dichosa eres, María, porque con tu SI Dios desbarata los planes de los poderosos y levanta del polvo a los humildes y sencillos.

Dichosa eres, María, porque en ti rebosó la compasión de Dios para con todos los que viven sin esperanza.

Dichosa eres, María, la de corazón limpio y puro porque en tu asunción contemplas a Dios con todo tu ser.

Dichosa eres, María, porque trayendo al mundo el Príncipe de la paz te hiciste solidaria constructora de un mundo reconciliado.

Dichosa eres, María, porque al hacer tuyos los sufrimientos y dolores de tu hijo al pie de la cruz y los de todos sus discípulos perseguidos por causa de la justicia, compartes con ellos el Reino de los cielos.

La dicha de María también es la nuestra porque Cristo resucitó entre los muertos como primicia de una multitud de hermanos y ha abierto para ellos todos los aposentos en la casa de su Padre (cf. Jn 14,2). Cuando la comunidad cristiana festeja la plena y total glorificación de María levanta en medio de la iglesia y del mundo un gran signo de esperanza. En efecto al resucitar el Señor no sólo rueda la pesada piedra que cierra su sepulcro sino que alza los dinteles y abre de par en par los portones del paraíso, quita el ángel de fuego que impedía la entrada (cf. Gen. 3,24) y coloca en su lugar la señal acogedora y materna de María para dar la bienvenida “a los que son de Cristo”

San Paciano, un padre de la Iglesia, nos ayuda a entender el alcance de la asunción de María para todos: “La vida puramente natural, como ustedes mismos lo pueden comprobar nos es común, aunque no igual en duración, con la de los animales, bestias y aves. Pero lo específico del hombre, lo que ha dado Cristo por el Espíritu es la vida eterna a condición de ya no pequemos más. Pues así como la muerte viene por el pecado así también nos libramos de ella por la práctica de la virtud…El sueldo del pecado es la muerte pero el don de Dios es la vida eterna en unión con Cristo Jesús Señor Nuestro” (Sermón sobre el Bautismo). Lo que ocurrió con María anticipadamente Dios quiere que acontezca con todos sus hijos: “Yo soy la Resurrección y la Vida; quien cree en mi aunque haya muerto vivirá y todo el que vive y cree en mi no morirá eternamente” (Jn. 11,26)

Nosotros participamos de la dicha de María porque en la Iglesia somos como ella creyentes y discípulos del Viviente y nos fiamos de su poder salvador y de su gracia resucitadora. No estamos como la madre exentos de pecado; nos toca librar ruda batalla contra los poderes del pecado y de la muerte que nos embisten e intentan separarnos de la vid. Pero caminamos revestidos de la esperanza de que Cristo aniquilará en nosotros todos los poderes del mal, pondrá bajo sus pies a todos los principados y potestades, principalmente la muerte. “Y cuando todo haya quedado sometido a Cristo, entonces Cristo mismo, que es el hijo, se someterá a Dios…Así Dios será todo en todo”( 1 Co. 1,28).

Ese camino María ya lo ha recorrido y nos precede como señal ciertísima de victoria y esperanza. Pero ella no es de esas que al alcanzar la meta, se queda sentada en su trono, coronada de gloria, esperando que lleguen los demás. Así como lo hizo con Isabel, así lo sigue haciendo con el pueblo de Dios peregrinante y con cada uno de nosotros. Se levanta y sale presurosa, se pone en camino nuevamente, recorre montes y valles, sabanas y selvas, se introduce en nuestras historias personales y colectivas, se adapta al ritmo lento de nuestro caminar, nos alienta con su presencia materna, nos impulsa con su ejemplo de fidelidad y nos sostiene en los tramos más difíciles con su cercanía y su ternura.

Y cuando entra en nuestras casas nos saluda y nos anuncia la buena nueva de Jesús que siempre lleva con ella. Esa buena nueva es la misma que cambió toda su existencia. Hoy también viene envuelta de la radiante hermosura de su sencillez y nos dice: Quiero compartir con ustedes el secreto de mi dicha eterna. Crean ustedes también ustedes en mi hijo Jesús, crean firmemente que en ustedes el también cumplirá sus promesas divinas. Fíense totalmente de él, dejen que haga en ustedes las maravillas de su voluntad. Hagan de sus vidas un FIAT permanente.

Mérida, en la solemnidad de la Asunción de 2005
San Rafael del Moján, 25 de junio de 2005

+ Ubaldo R. Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo

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